Mi idea era levantarme temprano, tipo 9:00, para así poder dedicarle el día a recorrer. Sin embargo, y debido a que el horario del celular, que ya tiene señal, se me reseteó ayer a la hora de México al apagarlo y volverlo a prender, me terminé levantando a las 11:00 que es la hora que yo había programado teniendo en cuenta la diferencia horaria con Buenos Aires. ¿Qué tiene que ver el celular, se preguntarán? Pues bien, la habitación no contaba con reloj despertador (?!), por lo que el celular suplió su función.
Ya desayunado, hice el check out y me dirigí en taxi al aeropuerto con idea de dejar ahí la valija en un locker e ir luego a recorrer el Zócalo. Perdí como 40 minutos buscando los lockers, pero al final dejé mi valija y me tomé el metro con destino al Zócalo. El metro de México parece sacado directamente de una película de Olmedo y Porcel. No está descuidado pero mantiene una estética, tanto en la arquitectura como en la señalización, muy de década del setenta. Una cosa curiosa es que cada estación tiene un símbolo, como una especie de gráfico que la relaciona con el nombre o el lugar. Supongo que debe ser para que la gente analfabeta pueda manejarse en el metro sin problemas.
Luego de tres combinaciones, aparecí en el Zócalo, que es la plaza central de la ciudad de México y, como corresponde a la urbanización española, está rodeada por la Catedral, el Ayuntamiento de la ciudad y el Palacio Nacional, antes Palacio del Virrey. Cualquier semejanza con la Plaza de Mayo es pura coincidencia. El estilo de los edificios es claramente colonial español y de mucho lujo. En los alrededores de la plaza había personas en vestidos ceremoniales indios, ejecutando danzas y rituales de purificación, en los que la gente se paraba sosteniendo un ramito de hojas y el hechicero los hacía mirar a los cuatro puntos cardinales mientras los bañaba en humo de incienso.
Mi primera parada fue la Catedral, realmente preciosa y con mucho ornamento en oro y de allí fui hacia las ruinas del templo mayor azteca. El templo originalmente se creía que estaba bajo la catedral, pero en 1978 se descubrió de casualidad que no estaba allí sino al costado, en terrenos donde los conquistadores habían construido sus casas y que ahora tenían edificios viejos y mal mantenidos, que fueron demolidos. Recorrí las ruinas, me saqué una foto junto a una estela de Coyolxauhqui y visite el museo anexo, en un paseo muy interesante y bien explicado por placas en distintos puntos.

A la salida del templo decidí recorrer un poco la zona, y encaré para el norte. El norte del Zócalo era realmente lamentable, imagínense Once pero con edificios del 1800 veniéndose abajo a pedazos. Cambié de rumbo y, guiado por las torres, me dirigí por la avenida 5 de Mayo hacia el Oeste. La avenida 5 de mayo tenía edificios estilo colonial pero muy paquetes y estaba llenos de negocios de ropa, principalmente para hombre, de marca.
En el trayecto se me dio por almorzar y paré en un restaurante muy bien ambientado llamado Mercaderes. Ahí me sirvieron con el servicio de meza una rodaja de zapallito cocido, probablemente al horno, cubierto con aceto balsámicop y aceite de oliva y unos panes muy ricos. Comí de entrada una tostada de róbalo, que era tipo un ceviche sobre una tortilla crocante y de plato principal un pollo oaxaqueño. Esta era una pechuga de pollo gratinada con queso y salseada con una salsa de tomate picante, montada sobre una base de huitlacoche, un hongo del maíz, y cebolla, rodeados de arroz y cubiertos con chauchas. Realmente exquisito y altamente recomendable para ir si se anda cerca del Zócalo a la hora de comer.
Seguí por 5 de mayo y desemboqué en el Eje Central Lázaro Cárdenas, donde está el hermoso edificio del Palacio de las Bellas Artes y, detrás de este la Alameda Central, un parque que no me impresionó demasiado. Crucé el parque y fui a dar al Paseo de la Reforma, una avenida muy ancha y arbolada que sería el equivalente mexicano a la Avenida del Libertador. Seguí por dicha avenida, que en cada cruce importante tiene una estatua o fuente, hasta llegar al monumento a Colón, donde paré a tomar un café en un Starbucks.
Párrafo aparte merece el restaurante del hotel donde estaba el Starbucks. Se llamaba Evita y era un restaurante argentino. Digan lo que quieran, pero nuestra gastronomía está conquistando el mundo: me he encontrado parrillas argentinas, restaurantes argentinos, pizzerías argentinas y puestos de empanadas argentinas por todos lados. De acuerdo a los mexicanos, los puestos de empanadas han hecho furor, ya que encajan bien con su tradición en tacos.
Seguí por Reforma, sacando fotos a edificios y monumentos, como al de los aztecas caídos defendiendo a su pueblo de la foto de arriba, hasta llegar a su fin frente al Castillo de Chapultepec. Lamentablemente ya eran más de las 18:00 y el acceso al parque y al castillo estaban cerrados. Dado que en mi visita anterior ya lo había visitado, decidí dejar atrás el castillo y retornar, vía metro, al aeropuerto.
Habiendo llegado al aeropuerto con más de cuatro horas y media de anticipación, decidí matar el tiempo adelantando la escritura de este post mientras aún tuviera los recuerdos frescos. Para mi sorpresa, el aeropuerto cuenta con una conexión Wi-Fi libre, y mejor que la del hotel dicho sea de paso, lo que me permitió no sólo escribir esta entrada sino también postearla con lo que ahora, con una hora y media para abordar, me pienso ir a tomar algo antes de subirme al vuelo que me lleva de vuelta a casa.
Eso es todo por este viaje, aunque seguramente mañana o el lunes estaré subiendo un post adicional, con vínculos a las fotos de hoy hoy y un mapa del recorrido.
P.D.: Fui a tomar algo y me pedí dos empanaditas. No queriéndome arriesgar a la de carne, pedí una de queso y una siciliana, que asumí tendría jamón y queso. La siciliana era, tal como pensaba, de jamón, queso y aceitunas. Lo que no me esperaba, sin embargo es que vieniera en un plato, completamente bañada en salsa de tomate.
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