martes, 15 de julio de 2008

São Paulo, Brasil - Día 1

Es extraño esto de empezar el día antes que el anterior termine.

El día de ayer resultó más agitado de lo previsto. El plan original era salir temprano del trabajo y dormir una larga siesta, con miras a estar fresco para encarar el madrugón de hoy, ya que el remís me pasaba a buscar por casa a las 2:00 (AM, obvio, o no es madrugón). Por supuesto, ningún plan sobrevive al contacto con la realidad y este no sería la excepción. El domingo por la tarde nació Guadalupe, la hija de Lorena (la esposa de Maxi, cualquier similitud con mi cuñada es pura coincidencia). Originalmente tenían prevista una cesárea para el miércoles pero la criatura se ve que estaba apurada por nacer, ya que apenas si llegó a la semana 36. En fin, fue parto natural nomás y la gorda nació chiquitita pero por suerte bien. Los padres, re-contentos. El hermanito, no tanto. El adelantamiento nos permitió ir a visitarla al hospital, cosa que yo no hubiera podido hacer de otro modo. Una vez vueltos a casa, fue entonces sí turno de la siesta. Mi idea era que durara hasta la 1:00, pero lamentablemente el bagre empezó a picar insistentemente y para las 22:45 me había despertado, lo cual redujo mis horas de sueño a unas cuatro y media. Excelente para una siesta, pero un poco corto para tirar todo el día.

El viaje comenzó de una manera poética, yendo por una Richieri casi desierta, con la niebla agazapada en las banquinas pero sin decidirse a entrar en la autopista y “El final es donde partí” de La Renga sonando en el estéreo del remís. La poesía se terminó obviamente al llegar a Ezeiza, donde al llegar veo los mostradores de LAN desiertos y ninguna indicación sobre mi vuelo. Menos mal que yo sospechaba, por haber consultado los vuelos de ambas aerolíneas, que mi vuelo era en realidad uno de TAM y me encaminé hacia allí, ya que información no había ninguna. Hecho el check-in y aduana me dirigí a la cafetería a desayunar. Debo rescatar la buena onda de la chica que me atendió, que lo hizo de la mejor manera a pesar de que, me di cuenta luego, caí justo cuando estaba cenando (o desayunando, vaya uno a saber). De allí me dirigí a esperar para abordar el vuelo, junto con un grupo diverso de argentinos y brasileros que incluía tanto viajeros de negocios con laptops como familias con nenes chicos y, por supuesto, el infaltable cura viajero.

Una vez me tocó ventanilla en el vuelo y no hubo posibilidad de cambio, aunque dado que el viaje era corto no me hice drama. Por lo menos la ventanilla me regaló tres vistas espectaculares. La primera fue dejar atrás Buenos Aires en dirección al río y ver como las luces de la ciudad avanzan como si quisieran comérselo. La segunda fue apenas antes del amanecer, volando sobre el mar apenas fuera de la costa Brasilera. Mirando hacia el oeste se notaba como el cielo de acuerdo a los colores del arco iris, desde un rojo amarillento arriba hacia el violeta abajo, con el mar teñido de añil en lo que parecía una postal de otro mundo. Finalmente, la tercera fue al llegar a São Paulo, con las nubes colgando de los montes que separan la ciudad del mar, como si los montes fueran el borde de una enorme bañera llena hasta el tope de nubes.

São Paulo me recibió con la misma niebla con la que Buenos Aires me había despedido y con algo de fresco. El pase por migraciones y aduana fue muy rápido y a los veinte minutos de aterrizar ya estaba afuera. Un remisero me esperaba con un cartelito con mi nombre para llevarme a la planta de Bonsucesso, Guarulhos, São Paulo. El día laboral no fue todo lo productivo que debió haber sido, en parte porque el cansancio me empezó a pesar pero principalmente porque una de las dos personas que vine a ver ni apareció: llegó tarde, se fue temprano y se pasó el poco tiempo que estuvo reunido. En fin, al menos pude organizar lo que voy a necesitar, pero se perdió medio día. La planta que visité es bastante linda, particularmente por el espacio verde que tiene, pero algo descuidada. Almorcé ahí algo simple: ensalada, arroz con feijoas, algo de papa, un muslito de pollo. Lo que odié fue el café. Es realmente horrible.

A las 17:00, justo antes de que empiece la hora pico, el remís volvió para llevarme al hotel. El viaje duró cerca de una hora debido a que hay tramos de la autopista que están siempre cargados de tráfico, más otra media hora dando vueltas buscando el hotel, ya que no encontrábamos la dirección. No puedo echarle la culpa al remisero, la verdad es que siguiendo la numeración de la avenida como corresponde al hotel no se lo veía. Demás está decir que el sueño, que me tenía cabeceando cerca del final del viaje, se me fue de una.

Así fue como a las 18:30 finalmente estaba en mi habitación del Novotel Center Norte, ubicado casi sobre el límite norte de São Paulo y a una cuadra de un shopping. El hotel es muy moderno en su decoración y cuenta con un par de detalles que me llamaron la atención, tal como el escritorio de granito negro que parece una mesada de cocina o el duchador que hay al lado del inodoro y que supongo cumple la función de bidet. Desensillé, dormí un poco, bajé temprano a cenar sushi en uno de los restaurantes del hotel y me dediqué luego a chatera con Vane un rato, con lo que dí el día por concluido. Veremos que trae mañana.

1 comentario:

La brujita viajera dijo...

¡Muy romántica la descripción del viaje! ¿será por la paternidad?
Fuera de broma, muy lindas las analogías, le puso una nota de encanto y romanticismo a un simple viaje de negocios.
Espero que en los días subsiguientes puedas cumplir sin inconvenientes las tareas planeadas; en todo caso explicale al paulista, que debe de hacerse un tiempito para atenderte, no sea cosa que crea que fuiste para hacer turismo.
Boas noites meu rapaz, beijiño. Mamá